El barril a la orilla

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El barril a la orilla

1 capítulos · 3116 palabras
Run: 2026-09-09 09:27BokRobot · Page 1 / 9

Vid källan till en liten bäck som rinner ut i floden Tamar, en bit ovanför Saltash på Cornwalls kust, ligger byn Botusfleming, eller Bloflemy, och tidigt på sommaren, när körsbärsträden blommar, måste man leta länge innan man hittar en vackrare plats.

Åren har varit snälla mot Botusfleming.

Sådan den är idag, så, eller nästan så, var den en viss solig eftermiddag år 1807, då pastor Edward Spettigew, den ansvarige prästen, satt i trädgården framför sin stuga och rökte pipa medan han funderade över en predikan. Det vill säga, han hade för avsikt att fundera över en predikan. Men eftermiddagen var varm; humlor surrade dåsigt bland hans murgröna och tulpaner. Från sin bänk följde blicken dalgångens sluttning mellan överlappande vågor av körsbärsblom till en öppning där den silvriga floden Tamar sken; inte, må det förstås, den del som kallas Hamoaze, där krigsfartygen och de pråmar låg som innehöll de franska fångarna, utan en övre sträcka som sällan trafikerades av fartyg.

Pastor Spettigew lade boken med framsidan nedåt på sitt knä medan hans läppar mumlade en del av den text han hade valt: ”En plats med breda floder och strömmar ... dit ingen galär med åror skall segla, och ingen ståtlig skepp heller skall passera ... ”

Hans pipa slocknade. Boken gled från hans knä till marken. Han slumrade ...

Trädgårdsgrinden rasslade, och han vaknade med ett ryck.

På stigen nedanför honom stod en sjöman, en medelstor, medelålders man, klädd i sina finaste kläder för landgången: en glänsande presenninghatt, blå rock och väst, skjorta öppen vid halsen, och vita linnebyxor med ett brett bälte med spänne.

”Med all respekt, Ers helighet”, började besökaren, och rörde vid hatten, och sedan, vid en andra tanke, tog av den, ”men jag heter Jope, Ben Jope –”

”Eh? Vad kan jag göra för er?” frågade pastor Spettigew, litet förvirrad över att ha blivit ertappad sovande.

”– från bombfartyget Vesoovious, bosun”, fortsatte herr Jope, med ett leende som avväpnade all irritation: så oskyldigt var det, så vänligt, och samtidigt så respektfullt; ”men jag blev avlönad i morse klockan åtta. Kanske Ers helighet kan tala om för mig var jag kan hitta en balsamerare här i trakten?”

”En – en vad?”

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“Embalsamador.” El señor Jope masticó durante un momento o dos un trozo de tabaco, y comenzó una explicación pensativa. “El tipo de fiesta a la que irías, supongamos que tu reverencia tuviera un cadáver cerca y quisiera conservarlo para siempre. Se toman muchas resinas y especias, y primero se coloca al difunto, y luego…”

“Sí, sí”, interrumpió el párroco, apresuradamente; “conozco el proceso, por supuesto.”

“¿Qué? ¿Practicarlo?” La esperanza iluminó el semblante del señor Jope.

“No, desde luego que no... Pero, buen hombre mío, ¡un embalsamador! —¡y en Botusfleming, de todos los lugares! ”

La cara del marinero se puso seria. Suspiró pacientemente. “Eso es más o menos lo que dijeron en Saltash. Tengo una hermana que vive allí —se llama Sarah Treleaven—, es una mujer viuda y vende pescado. Cuando la visité esta mañana, me dijo: ‘¿Embalsamador? ¡Vete y embalsama a tu abuela!’. Esas fueron sus palabras, y el resto de la población tampoco fue mucho más servicial. Pero, como el destino quiso, mientras estaba buscando, Bill Adams fue a afeitarse, y ¿qué vio dentro de la barbería sino una nutria de buen tamaño en una vitrina? Bill empezó a admirarla, despreocupadamente, y resultó que el barbero la había disecado. ¿Quizás su reverencia conoce a ese hombre? Se llama a sí mismo ‘A. Grigg and Son’.”

“¿Grigg? Sí, por supuesto; el verano pasado me disecó una trucha.”

“¿De qué peso? —me atrevo a preguntar.”

“Siete libras.”

La cara del señor Jope se puso seria de nuevo. “Bueno, bueno —sugirió, recobrando el ánimo—, supongo que el tamaño no importa, una vez que se tiene la técnica. Lo hemos traído aquí, de todos modos; y, además, le hemos hecho traer todas sus herramientas. Según lo que decía, considera que es un trabajo de afeitado, y acordamos esperar antes de desilusionarlo.”

“Pero —disculpe—, no lo entiendo bien...”

El señor Jope presionó misteriosamente un dedo índice contra el labio, luego hizo un gesto con el pulgar en dirección al río. “Si su reverencia no le importara bajar al arroyo conmigo”, sugirió, respetuosamente.

Pastor Spettigew hentet hatten sin, og sammen gikk de nedover dalen under de fallende kirsebærblomstene.

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Ved foten av dalen kom de til en bekk som ved denne tiden av døgnet var oversvømmet av tidevannet og nesten overfylt. Rett ved vannkanten, omgitt av høye almestammer, sto en falleferdig fiskebutikk, og nedenfor lå en båt med nesen på grunn på en strand av flate steiner. Det var to menn i båten. Frisøren, en slank mann i rusten flosshatt og rustsort dress, satt i akterenden, ansikt til ansikt med et stort fat: et fat så stort at han, for å få plass til knærne, måtte bøye dem i en høy, ubehagelig vinkel.

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I baugen sto en høy sjømann, med hånden på åren, kledd i klær beregnet for landgang, lik Mr. Jopes. Ansiktet hans var langt og blekt, og uttrykte en tilbøyelighet til taushet; han bar skjegg, men ikke der hvor skjegg vanligvis bæres, nemlig som en frynse under den glattbarberte haken og den lanternelignende kjeven.

“Vel, her er vi!” utbrøt Mr. Jope muntert. “Deres Nåde kjenner A. Grigg and Son, og de andre kan dere stole på i all slags vær: det er William Adams, også kjent som Bill, og Eli Tonkin: mine venner og begge sjømenn.”

Pastoren, forvirret, stirret på den høye sjømannen, som tok hatten av seg som en hilsen til introduksjonen.

“Men—men jeg ser bare én!” protesterte han.

“Dette er Bill Adams,” sa Mr. Jope, og den høye sjømannen tok igjen hatten av seg. “Er det Eli dere savner? Eli er i fatet.”

“Åh!”

“Vi skal heise ham opp til butikken, Bill, hvis du er klar. Det ser ut til å være et fint, kjølig sted. Og mens du åpner fatet, bør jeg nok forklare for Deres Nåde og frisøren. Her, ta ut landgangsbrettet; og du, A. Grigg and Son, hjelp til med å løfte... Ja, du har rett; det veier mer enn bare litt—det er en kvart tunne, og det er sprit av beste kvalitet. Kipp den denne veien... Klar? ...Så: w’y-ho! Og avgårde går den!”

Con un esfuerzo y un balanceo que inclinaron el barco hasta que el agua se derramó por su borda, el enorme barril fue rodado hacia un lado, hacia el agua poco profunda. Con un esfuerzo y un tremendo levantamiento lo alzaron hasta la plataforma cubierta de hierba, desde donde Bill Adams lo dirigió con facilidad a través de la puerta ruinosa de la tienda, mientras el señor Jope regresaba, sonriendo y secándose la frente.

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“Es por aquí —dijo, dirigiéndose al párroco—. Su nombre es Eli Tonkin, o lo era; y, como dijo, es de esta parroquia”.

Aquí el señor Jope hizo una pausa, aparentemente en busca de confirmación.

“¿Tonkin? —preguntó el párroco—. No quedan Tonkins vivos en la parroquia de Botusfleming. La última de ellos fue una pobre anciana a la que enterré la semana después de Navidad”.

“¡Deténganse ahí! ¿Está muerta? —El rostro del señor Jope mostraba la más viva decepción—. ¡Y después de la sorpresa que habíamos planeado para ella! —murmuró con tristeza—. ¡Oye, Bill! —llamó a su compañero de embarcación, que, tras guardar el barril, regresaba al barco—.

“¿Qué pasa? —preguntó Bill Adams, distraído—. ¡Mira aquí! ¿Dónde guardamos el martillo y el cincel?”

“¡Saca la cabeza del barco y escucha! ¡La anciana está muerta!”.

El hombre alto asimiló la noticia lentamente. “Eso es toda una sorpresa —dijo por fin—. Pero ¿quizás podamos arreglarla también? ¡Pagaré mi parte!”.

“Fue enterrada la semana después de Navidad”.

“¡Oh!” Bill se rasqueó la cabeza. “Entonces no podemos... no muy bien”.

“Muchas veces escuché a Eli hablar de su pobre madre anciana —dijo el señor Jope, dirigiéndose al párroco—. ¡No lo creerás, pero aunque sabía que era un hombre del oeste del país, no fue hasta el final que descubrí de qué parroquia era! ¡Y sucedió de una manera muy curiosa... Bill, busca a A. Grigg and Son y tráelo aquí para escuchar; encontrarás las herramientas debajo de él, en las sábanas de la popa”.

Bill obedeció y, tras apoderarse de un martillo y un cincel, regresó a la orilla. El pequeño barbero se acercó y se colocó al lado del señor Jope; su rostro mostraba un palidez enfermiza y desprendía un potente olor a alcohol.

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“Brandy será”, se disculpó el señor Jope, observando una ligera contracción en la fosa nasal del párroco. “Calculé que eso lo pondría un poco más alerta para lo que venía... Bueno, como decía, sucedió de una manera muy curiosa. Hace dos semanas estábamos navegando por la Bahía de Vizcaya, tras cuatro meses de vaivenes frente al puerto de Toolon. El viento era fresco y estábamos teniendo bastante dificultades para afrontarlo —el Vesoovious es un barco muy pesado en cualquier tipo de mar, y una auténtica tortura incluso en las mejores condiciones—. A bordo de un bombardeo todo tiene que ser pesado.

“Bueno, señor, durante un par de días llevábamos una cantidad de velas que prácticamente nos sofocaban, y el capitán Crang no era un hombre al que le importara cómo nos las arreglábamos en proa, siempre y cuando el agua no llegara hasta la popa, donde estaban sus propios aposentos. Pero finalmente el primer oficial, el señor Wapshott, tuvo piedad de nosotros y —el capitán estaba debajo, tomando una siesta después de la cena— envió a la tripulación del mástil principal a poner un arrecife en el velamen. El pobre Eli era uno de ellos. Los hombres apenas habían llegado a la cima cuando el capitán Crang subió desde su camarote y caminó por la cubierta, sin siquiera molestar en mirar hacia arriba. De esa manera se perdió lo que estaba sucediendo. Justo cuando estaba a la altura del mástil principal, ¡un hombre cayó a sus pies! Era Eli, que había perdido el equilibrio y había caído de cabeza.

‘¡Hola!’, dijo el capitán, ‘¿y de dónde diablos habréis salido vosotros?’. Eli lo escuchó —pobre chico— y, mientras lo levantaba, respondió muy respetuosamente: ‘Si me permite, señor, de Botusfleming, a tres millas del otro lado de Saltash’.

“‘¡Entonces habréis hecho un viaje muy rápido, eso es todo lo que puedo decir!’, respondió el capitán Crang, y se dio la vuelta.

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“Bueno, señor, todos estuvimos de acuerdo en que el capitán podría haber mostrado más compasión, especialmente porque el pobre Eli se había roto la base del cráneo y, a las ocho campanadas, había entregado el número de su mesa. Cinco o seis de nosotros lo discutimos, y coincidimos en que eso no era precisamente humano, y que Eli era un buen tipo, por no hablar de que era un buen marinero. De ahí surgió la idea de que, como venía de Botusfleming —esas fueron sus últimas palabras—, debería regresar a Botusfleming; y sobre eso ideamos un plan. Como Bill Adams estaba de guardia en la enfermería, no hubo dificultad alguna en coser un muñeco en lugar de Eli; y al muñeco, señor, al día siguiente lo entregamos al mar —como dice el refrán—, y el propio capitán Crang ofició la ceremonia. La verdadera cuestión era qué hacer con Eli.

Como el comisario y yo éramos amigos, fui a verlo y le dije: ‘Escuche, vamos a recibir el pago dentro de unos diez días, y además hay una pequeña cantidad de dinero del premio. ¿A qué precio nos vendería un barril del ron del barco? —digamos, un cuarto de barril, para ser selectivos?’. ‘¿Para qué?’, dijo él. ‘Para fines de tierra firme’, dije yo; ‘Bill Adams y yo tenemos un uso para él’. ‘Bueno’, dijo el comisario —un tipo decente, de nombre Wilkins—, ‘soy un hombre honesto, y para complacer a un amigo se lo daré al precio de valoración de almacén. Y además’, dijo, ‘me he enterado de vuestro pequeño plan, y haré todo lo que pueda para ayudarlo, porque siempre me gustó el difunto, y en mi opinión el capitán Crang se comportó de forma muy insensible. Díganle a Bill que me traiga el cuerpo, y no habrá más problemas hasta que se los entregue en Plymouth’. Bueno, señor, el hombre cumplió su palabra.

Anoche contrabandearon el barril a tierra y lo escondieron en el bosque de este lado de Mount Edgcumbe. Esta mañana lo reenviamos, como ven. Al principio no teníamos intención de hacer más que comunicar la noticia a la madre de Eli y entregárselo a ella; pero Bill opinó que entregarle el barril entero parecía descuidado; porque, como dijo, ‘No era como si se pudiera enterrarlo en un barril’.

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—Vi trodde att Ers höghet skulle dra gränsen vid det, även om vi då inte hade nöjet att känna Er. ”

—Ja”, instämde prästen, medan herr Jope tystnade; ”jag befarar att det inte skulle kunna göras utan att väcka skandal.”

—Precis så uttryckte sig Bill. ”Nå, då”, sa jag, efter att ha övervägt saken, ”varför inte göra det på ett stilfullt sätt medan vi ändå håller på? Ni och jag är inte den sortens män”, sa jag, ”som skulle förstöra ett skepp för en skråma av tjära.” ”Det är vi verkligen inte”, sa Bill, ”och vi har gjort mycket för Eli”, sa jag. ”Det har vi”, sa Bill. ”Nå, då”, sa jag, ”låt oss måla om hela ekipaget och låta honom balsameras!” Bill var hänförd.

—Jag—jag ber om ursäkt? inlade barberaren, och tog ett steg bakåt.

—Bill var hänförd. Hör honom där inne i affären — hur han slår med mejseln.

—Men det är något missförstånd, protesterade den lille mannen allvarligt. ”Jag förstod att det skulle bli en rakning.”

—Du kan raka honom också, om du vill.

—Om jag trodde att ni menade allvar —

—Ta lite mer brandy. Herr Jope tog fram en flaska och räckte den fram. ”Men överdriv inte, annars blir du yr i huvudet. Allvarligt? Du kan vara säker på att Bill menar allvar. Han är så fast besluten att det inte spelar någon roll för honom — som du kanske har märkt — att Elis mor inte längre lever för att glädjas åt det. Varför, han ville ju balsamera henne också! Han gör det här nu för sitt eget nöjes skull, det är Bill; och du kan lita på mig när jag säger att när Bill väl har bestämt sig för något, ser han det igenom. Gör honom inte arg — det är mitt råd.”

—Men, men —

—Nej, det gör du inte! — Och när den lille mannen gjorde ett vilt försök att fly uppför stranden, sträckte herr Jope ut en hand och grep tag i hans krage. ”Nu, hör här”, sa han mycket lugnt, medan den stackars mannen höll på att falla ner vid prästens fötter, ”du skröt inför Bill, för inte ens en timme sedan, om att du kunde fylla i vad som helst.”

—Skada honom inte, ingrep pastor Spettigew och rörde vid herr Jopes arm.

—Jag skadar honom inte, Ers höghet, bara — Eli? Vad är det?

Alla vände sina ansikten mot affären.

—Din vän ropar på dig, sa prästen.

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—Och använder fult språk också? — Det är inte likt Bill, i vanliga fall. ”Ahoy, där! Bill!”

“¡Ahoy!” respondió la voz del señor Adams.

“¿Qué pasa?” Sin esperar respuesta, el señor Jope condujo al barbero que tenía delante por la playa hasta la puerta, seguido por el párroco. “¿Qué pasa?” volvió a preguntar, mientras recuperaba el aliento.

“Vengan y vean ustedes mismos”, respondió el señor Adams, sombríamente, señalando con su cincel. Una fina fragancia de ron impregnaba el aire de la tienda.

El señor Jope se acercó y miró dentro del barril de roble. “¿Se ha acabado?” exclamó, y miró a su alrededor atónito.

Bill Adams asintió.

“¿Pero dónde? ¿No me están diciendo que se ha disuelto? ”

“No es el ron de costumbre. ¿Y es realmente ron?” Bill se dirigió al párroco.

“Por el olor, sin duda.”

“Les cuento lo que ha sucedido. Ese tonto de Wilkins ha cometido un error con el barril... ”

“¿Y Eli? —¡Oh, Dios mío! ¿Eh?” jadeó el señor Jope.

“Habrán devuelto a Eli al Victuallin’ Yard antes de que esto suceda”, dijo Bill, sombríamente.

“Escuché a Wilkins decir que iba a pasar por todas las tiendas y revisar las cuentas a las nueve y media de esta mañana.”

“Y una vez allí, ¿quién sabe dónde se habrá metido? Quizá dará la vuelta por la Fleet. ¡Oh, por mi palabra! ¡Y el barco que lo reciba!”

Bill Adams abrió la boca y la cerró, sin encontrar palabras; la abrió de nuevo y dijo: “Pensarán que han tenido mucha suerte”.

“Y Wilkins se fue con el resto, sin dejar dirección. Incluso si pudiera ayudar, lo que dudo. ”

“¿Eh? Por cierto, recibí una nota de Wilkins. Bill Adams se quitó el sombrero de lona y sacó un papel del forro de la copa. “Me lo entregó esta mañana mientras me alejaba del barco. Me dijo que lo guardara, y que quizá me sería útil. Me pregunté qué quería decir en ese momento, ya que no tenía ninguna simpatía especial por los comisarios de a bordo... Me pasó por la cabeza, al haber oído que tenía intención de casarse, que quizá quería que fuera el padrino de la boda. No abrí la nota en ese momento, pues no me apetecía rechazarle después de haberse comportado tan bien con nosotros.”

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“Pásela”, ordenó el señor Jope. Tomó el papel y lo desplegó, pero o bien la luz dentro de la tienda era tenue, o bien la letra era difícil de descifrar.

“¿Podría Su Reverencia leerlo en voz alta para nosotros?”

El párroco Spettigew llevó el papel hasta la puerta.

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Leyó su contenido en voz alta y lentamente:

“Al señor Bill Adams, capitán del mástil delantero del H. M. S. Vesuvius,

Señor: Fue un muñeco el que enterró el capitán Crang. Arrojamos al último E. Tonkin por la borda la segunda noche, en latitud 46-30, longitud 7-15, o por allí. Para entonces, el ánimo a bordo ya se había calmado y parecía un desperdicio de buen espíritu. El ron por el que pagó es buen ron. Espero que usted y el señor Jope encuentren un uso para él.

Su obediente servidor, S. WILKINS.”

Hubo una larga pausa, durante la cual se podía oír al señor Adams respirar con dificultad.

“¿Pero qué debemos hacer con ello?” preguntó el señor Jope, rascándose la cabeza perplejo.

“Bébelo. ¿Qué más?”

“¿Pero dónde?”

“¡Oh!”, dijo el señor Adams, “¡En cualquier lugar!”.

“Eso está muy bien”, respondió su amigo. “Nunca has tenido ninguna propiedad y no sabes sus cargas. Tendremos que alquilar una casa para esto y vivir allí hasta que esté terminado.”

Sir Arthur T. Quiller-Couch.

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